Pese a la guerra y los misiles una planta textil en Rubizhne, ciudad destruida en la batalla de Luhansk, recupera su producción en Leópolis, al otro extremo del país, con ayuda local e internacional y con trabajadores que llegan de toda Ucrania.

La fábrica de calcetería Rubizhne era una mediana empresa con éxito que empleaba a más de 150 personas y exportaba a España, República Checa y Holanda. Sus productos, incluidos unos calcetines de un diseño especial muy conocido, también eran muy apreciados en Ucrania.

La invasión rusa dejó su planta en ruinas y a sus empleados repartidos por todo el país pero eso no le impidió emprender un renacimiento gradual desde su nueva localización en Leópolis (oeste).

“Es solo el principio pero somos muy ambiciosos”, dice a Efe Olga Ushakova, su directora comercial.

Empezó como dependiente de almacén y ha ascendido poco a poco a una posición de responsabilidad en la empresa y Olga es un ejemplo de las oportunidades que el negocio ofrece a los habitantes locales.

Llegó a Leópolis solo unos días antes de que comenzara la invasión, el pasado febrero, buscando una oportunidad para crear una pequeña planta de producción. Olga dice que no esperaba sin embargo que la guerra provocara semejante giro en la situación.

“Todos pensamos que sería como en 2014, cuando la situación se estabilizó tras el estallido inicial”, afirma.

Por el contrario, la mayor parte de Rubizhne quedó devastado cuando las tropas rusas intentaron aplastar la resistencia ucraniana en su camino hacia la vecina ciudad de Severodonetsk.

Con ayuda de las autoridades locales y de la agencia estadounidense de cooperación USAID, la empresa alquiló en régimen de leasing un nuevo lugar de producción. La compañía local, y gran cliente, Dodo Socks, concedió un préstamo sin intereses para ayudarle a comprar veinte máquinas de tejer.

Tres contenedores con algodón procedentes de India, que estaban destinados a Odesa cuando comenzó la invasión, fueron transportados finalmente a través del puerto de Constanza, en Rumanía.

La Organización Mundial de Migraciones (OMI) y el Consejo Danés de Refugiados ayudaron a la empresa, que pretendía aumentar su producción lo más rápidamente posible.

Diecisiete de sus empleados, desplazados de Rubizhne, respondieron al llamamiento para ir a Leópolis. Allí viven juntos en un albergue en Mykolaiv, a 35 kilómetros de la ciudad.

Tetiana llegó a Leópolis con su madre de 78 años. Mientras que mucha gente mayor es a menudo reacia a dejar su hogar, su madre realmente no tenía elección después de que una bomba cayó en su casa.

Habiendo tenido que derretir nieve para obtener agua durante al asedio de Rubizhne, a Tetiana no le asustan los ataques rusos contra la infraestructura energética ucraniana.

“No conseguirán subyugarnos”, dice con confianza.

Los propietarios del negocio, Hennadiy y Oleg Misyurenko, están de acuerdo con ella. Aunque la fábrica no tiene dinero para instalar los costosos generadores eléctricos que necesitan para alimentarla, de momento se ha librado de los cortes de suministro procedente de la red general.

Otra empleada, Olena, dice que echa de menos su ciudad y que volvería a Rubizhne incluso a pie tan pronto como el Ejército ucraniano la libere. Con la mayoría de sus casas destruidas, sin embargo, sus habitantes se enfrentan al dilema de cómo reconstruir sus vidas allí.

Lo que está claro, afirman los empleados de este negocio, es que Ucrania necesita ganar esta guerra contra Rusia y hacer que Moscú no pueda atacar otra vez a su país.

“Mientras el resto de la humanidad se prepara para viajar a Marte y desarrolla móviles inteligentes, Rusia mantiene una guerra de conquista contra nosotros como si estuviéramos atascados en tiempos medievales”, dice Olga, cuyo marido ha estado combatiendo en las filas del Ejército ucraniano.

“Para ser libres tenemos que luchar. Pero queremos que esta guerra sea la última. Para que nuestros hijos vivan en una Ucrania fuerte, libre e independiente y no tengan que pasar una guerra como la que estamos pasando”, afirma.

La amenaza del frío invierno sin electricidad ni calefacción no les asusta.

“Bueno, los calcetines que fabricamos ya son bastante calientes”, dice riendo Denys, otro de los empleados.

 

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