Luiz Inacio ‘Lula’ da Silva ultima sus calculados esfuerzos para derrotar a Jair Bolsonaro en la primera vuelta de las elecciones presidenciales de Brasil del próximo 2 de octubre. Las encuestas contemplan seriamente esa posibilidad. Pero el líder del Partido de los Trabajadores (PT) sabe que atraviesa un campo minado hasta el domingo. Su mejor arma, en estas horas de polarización y amenazas del capitán retirado de poner en duda los resultados, es la moderación. El extornero mecánico es visto por estas horas como la esperanza de un retorno a días de una mayor equidad social y, a la vez, como un “mal menor” capaz de frenar las ambiciones de continuidad de la ultraderecha.

Este no es el primer giro al centro de Lula. Veinte años atrás, ya atemperó su discurso para vencer en las urnas a José Serra. Por entonces, el líder del PT eligió como compañero de fórmula a José Alencar, un millonario empresario textil y senador del Partido Liberal (PL), la misma formación que ahora promueve la candidatura de Bolsonaro. “Lulinha paz y amor“, se dijo en aquel 2002 en relación a una mesura programática que provocó grietas en el mismo PT.

La necesidad de vencer a Bolsonaro ha obligado a Lula a un mayor comedimiento. Si su “Carta al pueblo brasileño” de hace dos décadas supuso una toma de distancia de las posiciones clasistas de las décadas de los 80 y 90, el otra vez candidato del PT ha tendido la mano a antiguos adversarios que lo llegaron a difamar. Como parte de este vuelco decidió que su vicepresidente fuera el conservador Geraldo Alckmin, con quien compitió en duros términos en las elecciones de 2006.

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