Juan Antonio Callejas Cano
Odontólogo y doctor en Ciencias de la Salud
Este año, la solemnidad de Todos los Santos y la conmemoración de los Fieles Difuntos tienen para mí los rostros de Urda. Desde el pasado miércoles, 28 de octubre, llevo conmigo lo que viví junto a las víctimas del accidente ferroviario. Escribo como profesional sanitario y como católico, con el dolor de haber estado allí y con la necesidad de agradecer a quienes, en aquellas horas terribles, se entregaron a cuidar a los demás.
Aquella mañana circulaba por la N-401 en dirección a Toledo. Debían de ser alrededor de las nueve cuando vi, a cierta distancia, lo que me pareció un tren extrañamente largo. Creí distinguir cuatro vagones rojos y seis blancos: más de los ocho que estaba acostumbrado a ver. Pensé que quizá las compañías habían acordado alguna cesión de vagones para el puente de Todos los Santos. Desde la carretera, los dos trenes parecían uno solo. El terraplén ocultaba los vagones caídos al otro lado. También observé algo de humo, que atribuí a labores agrícolas.
Última hora en Otros municipios de Toledo: El Plan de Emergencia de Urda pasa a nivel 1 y mantiene dispositivos de vigilancia y apoyo judicial
Empecé a inquietarme cuando pasó un todoterreno de la Guardia Civil con las luces azules encendidas, a gran velocidad. Después llegaron dos camiones de bomberos y, poco más tarde, otro. Al alcanzar mi destino consulté los medios digitales y comprendí lo que había ocurrido.
De regreso, hacia las doce del mediodía, me acredité como profesional sanitario y pude acceder a la zona del accidente. En el exterior se concentraban numerosos medios de comunicación. Antes de llegar al lugar de la intervención me encontré con Carlos Velázquez, alcalde de Toledo, que salía visiblemente afectado. Nos fundimos en un abrazo.
Me puse a disposición de los responsables sanitarios y colaboré en lo que me indicaron y estuvo a mi alcance: acercar material, sostener bolsas de suero, ayudar a colocar monitores y registrar la identidad de los heridos. También participé en el traslado de un paciente hasta el helicóptero de evacuación. Eran tareas concretas dentro de un esfuerzo colectivo enorme.
Estuve especialmente cerca de dos pacientes muy graves, clasificados con color rojo en el triaje. Uno de ellos me pidió que el sol dejara de darle directamente en la cara. Me coloqué de manera que mi cuerpo le hiciera sombra. En medio de aquella emergencia, su petición era sencilla y precisa. Como sanitario, aquel momento me recordó cuánto importa escuchar al enfermo: aliviar una molestia también forma parte del cuidado, incluso cuando se está luchando por salvar una vida.
Me impresionaron los recursos disponibles y la capacidad de utilizarlos de forma coordinada. Vi realizar ecografías con equipos portátiles y trabajar juntos a los profesionales del SESCAM y del SUMMA 112 de Madrid. Había numerosos helicópteros medicalizados evacuando heridos, alguno llegado desde Castilla y León. Por momentos, aquel despliegue me recordó a un hospital de campaña y a las imágenes de la serie MASH que conservaba en la memoria.
Reconocí en aquella intervención procedimientos que había aprendido durante mi formación con la Unidad Militar de Emergencias, en el Núcleo de Instrucción de Reservistas Voluntarios de la UME, el NIRVUME. Allí podía comprender, con toda su gravedad, para qué sirven el entrenamiento y los protocolos: para que cada profesional sepa cómo actuar y pueda coordinarse con los demás cuando el tiempo resulta decisivo.
La muerte estaba a pocos metros. Durante el tiempo que permanecí allí llegué a contar treinta y tres cuerpos en una las morgues provisionales. Cada uno de ellos pertenecía a alguien con una vida propia, con personas que lo querían y con planes para aquel día. Esa cercanía cambia la manera de escuchar después cualquier balance de víctimas.
El momento que más me impactó fue cuando recogí del suelo un brazo y llevarlo a la morgue. Lo cuento con el respeto que merece la persona a la que pertenecía. También en esas circunstancias extremas, la dignidad humana exige el máximo cuidado, respeto y consideración.
Vi a guardias civiles, bomberos y militares trabajar para despejar los vagones y poder acceder a su interior. Recuerdo el orden y aquel silencio sobrecogedor en torno a las labores más dolorosas, a pesar de la actividad de la emergencia. En el modo de tratar a las víctimas había una solemnidad que merece ser reconocida. Quienes realizaron ese trabajo merecen nuestro agradecimiento y el apoyo que puedan necesitar después de lo vivido.
Como católico, me llegó al alma la presencia de los sacerdotes. Los vi acercarse a los afectados y ofrecer consuelo humano y espiritual. En un lugar así, permanecer junto a una persona que sufre tiene un valor inmenso. También presencié la llegada del arzobispo de Toledo. Agradecí profundamente que la Iglesia estuviera allí, compartiendo el dolor y acompañando a quienes lo necesitaban.
En aquella cercanía reconocí algo esencial del Evangelio: detenerse ante el herido y hacerse cargo de él. La parábola del buen samaritano adquiere una fuerza muy concreta cuando uno tiene delante a alguien que necesita ayuda. Hoy me hace pensar en la entrega de tantas personas, cada una con sus creencias y convicciones, trabajando por el mismo propósito de atender a las víctimas.
Estos días, al recordar a los santos y rezar por nuestros difuntos, mi fe me sostiene en la esperanza de la resurrección. Creo que cada vida conserva para Dios un valor que la muerte no puede borrar. Esa convicción convive con las lágrimas, con la indignación y con las preguntas que deja una tragedia. El propio Jesús lloró ante la muerte de su amigo Lázaro (Jn 11, 35). También nosotros podemos llorar y, desde ese dolor, seguir confiando.
A las familias les debemos una cercanía que continúe cuando las cámaras se marchen. Habrá recuperaciones difíciles, ausencias que pesarán en cada casa y personas que necesitarán ayuda para afrontar lo que han vivido. Rezar por ellas me compromete también a preguntarme cómo podemos acompañarlas. La esperanza cristiana pide hacerse presente en la vida de quienes sufren.
Esta es la segunda gran catástrofe cuyas consecuencias he conocido sobre el terreno. Estuve en Paiporta cinco días después de la DANA y colaboré en la retirada de lodo. Allí vi devastación y, en los lugares donde ayudé, percibí una desorganización que lamenté profundamente. En Urda he vivido la muerte mucho más cerca y he asistido a heridos en una situación extrema. Durante el tiempo que permanecí allí pude apreciar una gran coordinación entre los equipos sanitarios, policiales y militares. Quiero dejar constancia de ese reconocimiento.
Junto al agradecimiento, siento la obligación de expresar mi preocupación como usuario del ferrocarril. Desde hace aproximadamente seis años, las incidencias que venimos sufriendo quienes utilizamos el AVE y el AVANT han ido erosionando nuestra confianza. Lo ocurrido me deja la dolorosa sensación de estar ante la «crónica de una catástrofe anunciada».
Corresponde a la investigación esclarecer las causas concretas del accidente y determinar las responsabilidades que procedan. Como ciudadano, exijo que se conozca toda la verdad y que se actúe con rigor para prevenir nuevas tragedias.
El próximo 29 de noviembre tendremos en las urnas la oportunidad de impulsar un cambio que considero más que necesario. Aspiro a una gestión que escuche a los usuarios y a los profesionales, cuide las infraestructuras y sitúe la seguridad entre sus prioridades efectivas. Esa exigencia nace también del respeto a quienes han perdido la vida y a quienes ahora afrontan las consecuencias del accidente.
En estos días de Todos los Santos y de los Fieles Difuntos, encomiendo a Dios a quienes murieron en Urda y rezo por los heridos y sus familias. Conservaré imágenes muy duras de aquel miércoles. Conservaré también la entrega de quienes acudieron a ayudar y la petición de aquel hombre que necesitaba un poco de sombra.
Allí encontré una razón concreta para la esperanza: en medio del sufrimiento, seguía habiendo personas dispuestas a escuchar y a cuidar. Nos corresponde mantener esa disposición cuando la urgencia haya pasado.





