La periodista publica su primera novela, Donde empieza el recuerdo, una historia íntima sobre las decisiones que marcan una vida, los secretos y los límites del amor.
Siete años separan las primeras páginas de Donde empieza el recuerdo del momento en que Ana M. Canales decidió que Paula y Leo ya no podían seguir perteneciendo únicamente a su imaginación. La periodista, con experiencia en medios como TVE y Onda Cero y en el ámbito de la comunicación política, acaba de publicar su primera novela después de un proceso que ha convivido con el trabajo, la maternidad, las responsabilidades familiares y también con el vértigo de enseñar algo mucho más personal que cualquier texto profesional.
Publicada el 16 de octubre, la obra se mueve entre el amor, la amistad, la familia, la memoria, la culpa y el perdón. Pero su autora insiste en que no quiso escribir una historia romántica convencional. Quería hablar de personas que aciertan, se equivocan y toman decisiones cuyas consecuencias no siempre pueden prever.
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Con motivo de su debut literario, Ciudad Noticias conversa con Ana M. Canales sobre esos siete años de escritura, el miedo a publicar, unos personajes que escapan de los roles tradicionales y una octogenaria, doña Enriqueta, que amenaza con robar más de una sonrisa a los lectores.
«Publicar me ha dado mucho más vértigo del que imaginaba»
—Estás acostumbrada profesionalmente a escribir y comunicar. ¿Por qué publicar una novela ha sido tan diferente?
—Estoy acostumbrada a escribir y a comunicar, pero esto es completamente distinto. Una cosa es contar lo que sucede y otra muy diferente es compartir una historia que ha nacido de tu imaginación y que durante siete años ha sido solo tuya. Publicarla me ha dado mucho más vértigo del que imaginaba.
—¿Cuándo comenzó realmente Donde empieza el recuerdo?
—La historia empezó a tomar forma hace siete años, cuando mi hija tenía apenas seis meses. Pero no han sido siete años escribiendo sin parar. Ha habido muchas pausas, momentos en los que la vida te obliga a dejar el manuscrito a un lado y otros en los que vuelves a él con más ganas que nunca. Después llegaron las correcciones, la maquetación y todo lo que implica publicar por tu cuenta. Ha sido un camino largo, pero también muy bonito.
La novela fue creciendo precisamente de esa manera: sin una carrera contra el calendario. Hubo periodos de escritura, interrupciones y regresos al manuscrito antes de afrontar una fase de revisión y corrección que acabaría convirtiéndolo en el libro que ahora llega a los lectores. La propia autora ha asumido buena parte de su autoedición, incluida la maquetación y la publicación.
Paula y Leo y las decisiones que dejan huella
—¿Qué va a encontrarse el lector cuando abra el libro?
Paula y Leo se conocen durante su etapa universitaria, cuando todavía están descubriendo quiénes son. A partir de ese encuentro se desarrolla una relación atravesada por secretos familiares, decisiones difíciles y heridas que el paso del tiempo no necesariamente consigue cerrar.
La historia está narrada en primera persona y coloca al lector ante cuestiones relacionadas con la memoria y el perdón, pero también ante una pregunta que recorre el fondo de la novela: qué ocurre cuando aquello que una persona siente entra en conflicto con lo que cree que debería hacer.
—¿Es entonces una novela de amor?
—No quería escribir únicamente una historia de amor. Quería hablar de la vida, de las relaciones entre las personas, de la amistad, de la familia y de esas decisiones que a veces tomamos sin saber hasta dónde van a llegar sus consecuencias. Me interesaba que los personajes fueran humanos, que acertaran y que también se equivocaran.
Y es ahí donde la novela amplía su mirada. La amistad puede ser refugio, lealtad y alegría compartida, pero también decepción y traición. La familia aparece ligada a secretos y conflictos. El deseo se enfrenta al deber y el perdón deja de ser una respuesta sencilla.
«Quería darle la vuelta a ciertos papeles»
—Paula y Leo tampoco responden exactamente a algunos de los roles habituales de la novela romántica. ¿Fue intencionado?
—Me apetecía darle la vuelta a ciertos papeles. ¿Por qué tiene que ser siempre el hombre quien lleva la iniciativa o quien tiene más experiencia? ¿Por qué esperamos que una protagonista femenina se comporte de una determinada manera? Quería que Paula y Leo fueran personas, con sus virtudes, sus defectos y sus contradicciones, sin obligarlos a encajar en un modelo.
Paula aparece así como una mujer que toma decisiones, tiene deseos e iniciativa propia y también se equivoca. Leo, por el contrario, permite explorar la vulnerabilidad y las inseguridades de un personaje masculino sin convertirlas en debilidad.
Esa voluntad de escapar de moldes acompaña a una novela que prefiere situar a sus personajes en zonas incómodas, donde las decisiones rara vez pueden dividirse simplemente entre correctas e incorrectas.
Palabras que saben a casa y a pueblo
—Hay también una apuesta clara por un lenguaje muy cotidiano.
—Quería que los personajes hablaran como hablamos en la vida real. En la novela hay muchas expresiones cotidianas, refranes y dichos de los que hemos escuchado toda la vida, especialmente en nuestros pueblos. Algunos quizá resulten desconocidos fuera de determinados lugares, pero forman parte de nuestra manera de expresarnos y también de nuestros recuerdos. Me gusta pensar que ese lenguaje aporta cercanía y autenticidad a la historia.
Expresiones familiares, giros populares y refranes aparecen en los diálogos sin intentar revestir de solemnidad sentimientos que ya son suficientemente complejos por sí mismos.
Y si existe un personaje en el que esa apuesta cobra una personalidad especial, es doña Enriqueta.
—Da la impresión de que disfrutaste especialmente escribiéndola.
—Doña Enriqueta es uno de esos personajes que dicen lo que piensan y que no necesitan pedir permiso para hacerlo. Tiene una manera de hablar muy suya, llena de refranes, expresiones populares y ocurrencias. Me divertía mucho escribirla porque rompe con esa imagen de la abuela que siempre mide sus palabras. Ella, desde luego, no las mide demasiado.
Octogenaria, directa e irreverente, doña Enriqueta introduce humor en una historia con pasajes emocionalmente intensos y recupera, al mismo tiempo, esa forma de transmitir experiencia mediante dichos y sentencias que ha pasado de generación en generación.
El miedo a dejar marchar una historia
—Después de tanto tiempo trabajando en ella, ¿costó pulsar finalmente el botón de publicar?
—Durante mucho tiempo pensé que quizá nunca me atrevería a publicarla. No porque no quisiera que la historia se leyera, sino por el miedo a exponerme, a que otras personas juzgaran algo tan personal como lo que había escrito. Al final comprendí que, después de tantos años, Paula y Leo merecían salir de aquel documento y empezar a vivir también en la imaginación de los lectores.
La publicación ha tenido también un componente familiar. La cubierta del libro ha sido dibujada a mano por el hermano de la autora, incorporando al proyecto otra pequeña parte de la historia personal que ha acompañado estos años de trabajo.
—Cuando una primera novela habla de emociones tan reconocibles suele aparecer una pregunta inevitable: ¿cuánto hay de autobiográfico?
—Que una historia hable de sentimientos reconocibles no significa que sea autobiográfica. Paula y Leo son personajes de ficción. Lo que sí hay detrás de ellos es una forma de mirar a las personas, de preguntarme por qué actuamos como actuamos y qué sucede cuando lo que sentimos entra en conflicto con lo que creemos que debemos hacer.
Donde empieza el recuerdo está disponible desde el 16 de octubre en edición impresa y digital Kindle en Amazon. La edición en tapa blanda tiene un precio de 22,87 euros y la versión digital, de 6,99 euros. Ana M. Canales prepara además encuentros con lectores y futuras presentaciones, cuyas fechas se anunciarán una vez estén confirmadas.
Después de siete años, el manuscrito ha dejado de ser únicamente suyo. Paula, Leo y doña Enriqueta ya han comenzado ese viaje que tanto respeto le producía a su autora: vivir en la imaginación de otras personas.




