articulo de opinion 1
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Hace escasas horas he sido testigo directo de una historia real,  dramática pero ilusionante que, en estos días de  Navidad, me  gustaría compartir contigo.

Ante los  acontecimientos que  se están produciendo en  España en   una ciudad costera del Mediterráneo, a pocos días de Navidad, un amigo  mío,  profesor  ya   jubilado,   lo   conozco  desde   mi época universitaria,  una  de  las  personas  más  sabias  que  he  tenido la  suerte de tratar en mi vida, ha decidido escribir una carta al alcalde de la misma.  No lo  ha hecho movido  por la  ideología  ni por el cálculo político, sino  por  una  inquietud  profundamente humana. Está viendo a  decenas  de  personas  durmiendo  en  la calle,  a  la intemperie,  en  las  noches  más  frías  del año. Ha sentido que no podía callar.

Mi amigo no ignora la complejidad del problema. Sabe  que  la inmigración ilegal y descontrolada es uno de los grandes desafíos     de nuestro tiempo. Un fenómeno que afecta a Europa entera y que, en España, se ha gestionado durante demasiado tiempo  con  improvisación, falta de previsión y una preocupante ausencia de  liderazgo por parte del Gobierno. Pero también sabe —y así lo ha expresado— que antes que cifras, expedientes o competencias administrativas, estamos hablando de personas.

Desde el humanismo cristiano que guía su  vida,  mi  amigo  ha  recordado una verdad sencilla y exigente: toda persona tiene una dignidad infinita. Ningún ser humano  puede  convertirse en instrumento, en daño colateral ni en simple  palanca  para forzar decisiones  políticas.  En  Navidad,  especialmente,  esa  verdad interpela con más fuerza.  Porque  para  quienes  creemos  en  el mensaje cristiano, la encarnación no es una metáfora: Dios se hace hombre en la fragilidad, en la pobreza, en el frío.

Mi amigo le dice al alcalde que lo que principalmente distingue a los partidos políticos de inspiración personalista sobre los de inspiración colectivista es el valor que se le da a la persona, a  cada persona, en el cual vemos, conviene decir esto también en política, a  quién  pronunció   la   frase   “…cuanto hicisteis a uno de mis hermanos más pequeños, a mí me lo hicisteis”.

En su carta, mi amigo no niega la necesidad de poner freno a la  inmigración ilegal. Al contrario. Reconoce que sin orden, sin control de fronteras y sin una política migratoria firme y coherente,    la convivencia se resiente y los  más  débiles  —siempre—  acaban pagando el precio. Pero advierte del  riesgo  de  deshumanizar  el debate. De permitir que el sufrimiento concreto de personas reales quede diluido en discursos abstractos o en enfrentamientos políticos estériles.

Recuerda incluso un episodio vivido  décadas atrás, Madrid,  año  1990, cuando un conflicto de competencias entre administraciones    dejó a un grupo de inmigrantes abandonados  en pleno invierno.  La ayuda llegó tarde. Demasiado tarde para uno de ellos, Fergus, que murió  antes  de  que  las  instituciones  reaccionaran.   Aquella   experiencia marcó su conciencia para siempre: cuando la  política  olvida a la persona concreta, el daño es irreparable.

Por eso, con respeto y humildad, mi amigo ha pedido al alcalde que escuchara también al corazón. Que, sin renunciar a la legalidad ni a la responsabilidad, encontrara una  solución  provisional  para  que nadie durmiera en la calle en Navidad. Varias entidades sociales     estaban dispuestas a colaborar. Basta voluntad.

La respuesta del alcalde no ha tardado en llegar. Y ha sido una  respuesta que merece ser leída con atención, porque encarna algo  cada  vez  más escaso  en   la   vida   pública:  sentido común, humanidad y responsabilidad al mismo tiempo.

El alcalde ha comenzado agradeciendo el tono y la preocupación    sincera de mi amigo.  Comparte  plenamente  la  idea  de  que  la dignidad de la persona debe estar siempre en el centro de la acción política.  Y  recuerda  que,  en  su  ciudad,  los  servicios    sociales   trabajan  cada  día  con  personas  vulnerables,  muchas  de  ellas inmigrantes, con independencia  de  su situación  administrativa. No desde la retórica, sino desde la realidad cotidiana de unos recursos municipales limitados.

Pero a continuación explica una parte del problema que a menudo se  silencia.  Durante  meses,  su  Ayuntamiento  ha ofrecido alternativas, seguimiento social e itinerarios  de atención individualizada a la personas  que ocupaban  un edificio abandonado.  Algunos  han  aceptado  la  ayuda.  Muchos otros la rechazaron de forma reiterada.

Al mismo tiempo, aquel espacio de su ciudad se ha convertido en un foco creciente de conflictos graves: problemas de convivencia, episodios de delincuencia, miedo real entre los vecinos. El barrio vive en tensión constante. Y el alcalde, como máxima autoridad  municipal, tiene el deber ineludible de proteger tanto a las personas vulnerables como al conjunto de la ciudadanía.

Aquí   aparece   una   verdad   incómoda,   pero   imprescindible: la compasión    no    puede    confundirse    con    la    dejación de   responsabilidades. Mantener concentradas  a decenas  de  personas  en  condiciones  indignas,  sin  normas  ni control, no  es  humanidad; es perpetuar una situación que termina  siendo dañina para todos, incluidos los propios inmigrantes.

El alcalde deja claro que no hay voluntad de “cerrar el corazón”. La decisión  de  desalojar  aquel  edificio  donde  acampaban  los  inmigrantes no ha sido arbitraria ni caprichosa. Existe un mandato  judicial  y  una  situación  límite  que  hace  inviable  prolongar        el problema sin  asumir  riesgos  mayores.  Gobernar,  a  veces, exige tomar decisiones difíciles que no contentan a nadie, pero que evitan males mayores.

Y señala algo fundamental: este es un problema que no pueden resolver solos los ayuntamientos. La inmigración ilegal es una cuestión de Estado. Afecta a la Seguridad Nacional, a la cohesión social, a los servicios públicos y a la convivencia. Cuando el  Gobierno central o autonómico miran hacia otro lado, quienes están en primera línea —los alcaldes— quedan atrapados entre la presión social, la falta de recursos y la exigencia moral de no abandonar a nadie.

Aun  así,  el  alcalde  muestra  disposición  al  diálogo.  A   escuchar  propuestas   serias,   realistas,   responsables. A   colaborar  con entidades sociales desde el respeto mutuo y sin alimentar falsas expectativas. Porque ayudar de verdad no consiste en gestos  simbólicos, sino en soluciones que no  agraven  el  problema  ni  generen nuevos conflictos.

Mi amigo, al leer la respuesta, comprendió entonces la dimensión completa del dilema. Ha entendido que la realidad era mucho más     dura y compleja de lo que había imaginado. Y lejos de insistir o reprochar, le ha escrito de nuevo  para expresar su comprensión y    su apoyo. Reconoce que la situación actual no tiene nada que ver   con las primeras oleadas migratorias de décadas pasadas. Hoy, el

problema es más profundo, más desestructurado y,  en  muchos casos, vinculado a trayectorias de exclusión y delincuencia que no pueden ignorarse.

Promete rezar por el alcalde. No como fórmula solo piadosa, sino como gesto sincero hacia quien tiene que cargar  con  decisiones ingratas, bajo la mirada crítica de todos y con el abandono de muchos.

Este intercambio real, que realmente se ha  producido,  que  bien podría leerse como un cuento de Navidad contemporáneo, nos deja   una lección  necesaria. No hay verdadera compasión sin orden, ni dignidad  sin  seguridad.  Defender la dignidad de cada persona  no es incompatible con luchar con firmeza y humanidad contra la inmigración ilegal. Al contrario: solo desde el orden y la legalidad se puede proteger a los más débiles y garantizar una convivencia justa.

España necesita una política migratoria seria,  humana  y  firme.  Necesita fronteras seguras,  cooperación  internacional  eficaz y  recursos  suficientes  para  la  integración  de   quienes llegan   legalmente. Y necesita también que quienes ya están aquí, incluso  en situación irregular, sean tratados con humanidad, sin convertirlos en armas arrojadizas ni en víctimas de la inacción política.

En esta Navidad, convendría recordar que el mensaje cristiano no  es  ingenuo.  Nos  llama  a  amar  al  prójimo,  sí,  pero    también    a construir una sociedad justa, ordenada y responsable. Y eso   exige decisiones valientes, equilibrio y mucho sentido común.

A veces, la verdadera caridad consiste en decir “no” al desorden para poder decir “sí” a la dignidad.

Mientras tanto, cada uno desde donde pueda y como le sea posible, echemos un cable a cada una de esas personas cuanto antes.

¡Feliz Navidad!

Juan Antonio Callejas Cano

@jacallejascano

Las opiniones vertidas en este artículo son de exclusiva responsabilidad de quienes las emiten y no representan, necesariamente, el pensamiento de este Multimedio.